La isla tranquila

 

Hasta los años sesenta Ibiza había sido una isla tranquila, sus habitantes tenían un carácter reservado y guardaban celosamente sus tradiciones, estaban empezando a acostumbrarse a que los turistas que llegaban poco a poco atraídos por este paraíso les hicieran plantearse cambios en sus costumbres y también grandes cambios en las infraestructuras de la isla. Aceptaban con gusto estas novedades que a su vez les aportaron beneficios económicos hasta entonces desconocidos para ellos.  

 

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La llegada de los hippies, esos “peluts” que se conformaban con poco, vestían tan raro y vivían en cualquier sitio formando esas comunas donde todos compartían la vida y no le daban importancia a lo material, fue un fenómeno distinto que los ibicencos observaban un poco desde lejos respetando su forma de pensar. A su vez, y de forma involuntaria, la llegada de los hippies produjo grandes cambios en sus costumbres y en su economía, y los turistas, curiosos por saber qué eran los hippies, empezaron a venir cada vez más y convirtieron los lugares donde éstos se concentraban en puntos de visita obligada. Alrededor del pequeño pueblo de San Carlos de Peralta se concentraron la mayoría de las comunas de los “peluts” y la plaza del pueblo, a la puerta de la iglesia, se convirtió en el punto de reunión donde los sábados se concentraban para intercambiar entre sí los trabajos de artesanía que ellos mismos realizaban, autoabasteciéndose de algunas de las cosas que necesitaban para vivir. Estas reuniones llamaron rápidamente la atención de residentes y turistas que iban a visitarles y pronto ese trueque se convirtió en mercadillo hippy. Casi a cualquier hora se podía ver a los hippies en el Bar Can Anita (antes Bar Can Benet) donde Anita les atendía a veces como una madre otras como amiga.

 

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En 1973 el aumento del número de artesanos y de visitantes obligó a cambiar el emplazamiento del mercadillo hippie que desde ese momento se celebra en Punta Arabí. Aguas Blancas era su playa favorita, se convirtió en una playa nudista donde tocaban su música y bailaban, las noches de luna llena iban a verla salir. Con el paso de los años cambiaron esta playa por la de Benirrás y las salidas de la luna llena por las puestas de sol al son de los tambores y timbales. Pero los hippies no sólo estaban en San Carlos, se les podía encontrar en muchos otros sitios de la isla, les encantaba la zona de San Miguel, en el pueblo estaba el bar Can S`Hort, allí hacían exposiciones de arte, encuentros culturales y se podía degustar la comida macrobiótica. p> 

Otro de los lugares frecuentados por ellos era Atlantis, cerca de la playa de Cala D’Hort, donde tanto sus piscinas naturales como la cueva natural en la roca daba rienda suelta a su imaginación y convirtieron la zona en un lugar de culto pintando imágenes de buda en sus paredes. Su peregrinación seguía hasta la Torre del Pirata (Torre des Savinar) con sus espectaculares vistas a la mágica Es Vedrà. El movimiento hippie fue diluyéndose con el tiempo según se fue olvidando la guerra de Vietnam, que había sido el origen de ese vaivén de gente de todos los países considerados como desarrollados. Hoy queda como una tendencia, una forma de vestir y una forma de vivir fuera de las normas convencionales, hay muchos artesanos que realizan trabajos únicos pero no todos realizan su propio material para la venta. Además del mercadillo de Punta Arabí que es el más grande, hay varios otros entre los que cabe destacar el de las Dalias, en los jardines de un restaurante en San Carlos, todos los sábados del año se reúnen allí algunos artesanos que venden sus trabajos, junto a otros que viajan a países lejanos para traer pata, bisutería telas, ropa, objetos de decoración etc.